Hace unos días vi la serie Adolescencia en Netflix, una producción que, en sus primeros cuatro días, fue vista por 25 millones de personas en todo el mundo. No es casualidad: la serie toca fibras sensibles y abre un debate urgente sobre masculinidad tóxica, los incels y el impacto de estos discursos en las redes sociales, especialmente en las mentes adolescentes.
La serie no se detiene en la pregunta de si Jamie es culpable. Lo es, y lo sabemos desde el primer capítulo. Pero lo que nos muestra es un doloroso y abrumador recorrido por su mente para intentar comprender qué lo llevó hasta ahí. Nos deja claro que la violencia no es un acto aislado, sino el resultado de múltiples factores, como un rompecabezas en el que cada pieza importa: la crianza, la escuela, la personalidad, las amistades, el entorno, el mundo digital. Cada elemento suma, cada ausencia pesa.
Al inicio, los investigadores intentan encontrar una causa concreta. Una de las primeras hipótesis es que Jamie sufrió maltrato en casa, que su padre fue el detonante de su violencia. Y es aquí cuando la serie nos sacude: Jamie proviene de lo que muchos llamarían «una familia normal». Pero la masculinidad explosiva no solo se moldea con golpes y gritos; también se forja en el silencio emocional, en la represión de la vulnerabilidad, en la idea de que ser hombre es sinónimo de fortaleza, poder y control. No fue un único evento traumático lo que lo llevó hasta allí, sino una suma de mensajes y carencias emocionales.
A sus 13 años, Jamie encuentra en internet un espacio que le da respuestas, pero no las que necesitaba. Se topa probablemente con la ‘manosfera’, una comunidad digital que refuerza discursos de odio y victimización masculina. Aquí, las mujeres son el enemigo, la fuente de todos los fracasos de los hombres. Y el algoritmo no distingue entre ayuda y peligro: solo refuerza lo que el usuario busca, dándole más de lo mismo, sin filtro, sin advertencias. Mientras en su vida offline Jamie es acosado y rechazado, en la red encuentra un refugio que lo valida, lo empuja y, finalmente, lo radicaliza. Miles de adolescentes viven esto a diario, atrapados en burbujas digitales donde la desconexión con el mundo real se profundiza. La necesidad de intervenir es urgente.
Pieza a pieza, el rompecabezas se completa. Su vulnerabilidad, el acoso escolar y la radicalización digital construyen el escenario perfecto para la tragedia, para un asesinato. Y cuando llega el capítulo final, no hay sorpresa. Solo dolor. Jamie confiesa lo que sabíamos desde el principio: es culpable. Y no hay redención, solo consecuencias. Porque a veces no hay vuelta atrás y no hay manera de reparar, esta es una lección difícil pero necesaria para niños y adolescentes.
«Nosotros lo educamos», dice su madre en una de las últimas escenas. Una frase que golpea. Sus padres no son culpables, pero tampoco son ajenos. Criar no es solo proteger, es acompañar, es estar atentos, es hacernos preguntas incómodas antes de que sea demasiado tarde. Hicieron lo que pudieron para hacerlo bien, pero la duda queda flotando en el aire: ¿Pudimos haber hecho algo para detener esto?
